De manera muy general y muy accidentada pero ahí va el texto para replicar en la sexta entrada de Introducción Filosófica a la Comunicación:
Las tecnodependencias son más antiguas que el origen de nuestra propia especie, hace más de dos millones de años los primates superiores ya habían comenzado una manipulación del entorno que no tendría marcha atrás, las posibilidades de sobreviviencia se engranarían con las habilidades para usar adecuadamente todo el instrumental implicado en la cacería, la preparación de alimentos, la defensa ante las adversidades climáticas… Las tecnologías nos anteceden, nacimos como homo sapiens dados a luz por el homo faber, y no es tan distinto hoy en día, sólo se ha complejizado el proceso. Actualmente es, literalmente, impensable la sobrevivencia humana si la tecnología desarrollada colapsara; esto es especialmente grave en el caso de las comunicaciones, una serie de cambios e innovaciones se han suscitado de manera espectacular en los últimos años, las nuevas TIC están siendo incorporadas cada día por un número mayor de usuarios (“persona”, término conmutable por “usuario”) quienes, a su vez, modifican sus hábitos cotidianos que, a su vez, constituyen su existencia realísima (cf. Berger – Luckmann: la realidad por excelencia es la cotidianidad). Pero lejos de escandalizarnos por tal escenario (por qué habrían de moralizarse las tecnologías comunicacionales?!) confirmamos que el “hombre” es inseparable de su “realidad”, que ésta es el resultado de una serie de intercambios “semánticos” (contingentes todos ellos) generados por los movimientos de interrelación entre “personas”, que por su parte, hoy en día, son impensables sin los medios.
Debemos recordar que los medios no son simples “medios”, lejos de eso, los “medios” son principios y fines, o parafraseando a Macluhan: los medios son el contenido. Extendamos la tesis, siendo los contenidos estructuralmente inseparables (si acaso distinguibles) de los medios, y tomando a éstos como lugares privilegiados donde se amalgaman los significados compartidos con los que representamos la realidad, de esto resulta que el contenido no denota sino connota, es decir, no hay realmente “contenido” sino sintaxis.
Internet es una clara muestra de este fenómeno, no sólo resulta obvio que nuestra cultura es tecnodependiente en lo que a Internet atañe (la así llamada “cultura global” es impensable sin Internet) sino también que la realidad que compartimos posee una naturaleza sintáctica. Internet está en la cima evolutiva de los medios de comunicación, los integra y simultáneamente los transforma, crea nuevas formas para viejos vicios, condiciona decisiones financieras o administrativas, genera un banco de información tan vasto como nunca antes en la historia hubo alguno semejante, permite intercambiar de manera masiva materiales que van desde los inocuos hasta los anómicos… cualquiera sea la actividad humana la imaginación digital no ha dejado pasar ni una sola oportunidad para imponer nuevas mediaciones. Y por si fuera poco, la Internet funciona de manera descentralizada y no jerárquica, lo cual ha sido reportado como la concreción del único medio democrático existente (lo cual, para aclarar, sólo puede predicarse de cierto porcentaje de la llamada Web 2.0). Internet es la “pantalla total” (cf. Baudrillard), el nuevo topos de la imaginación ontológica que da vida a los nodos sintácticos que nos permiten vivir en la realidad, nodos que somos nosotros mismos, conscientes de nuestra contingencia y ubicuidad, nodos reales sólo en la medida que la sintaxis es real, es decir, virtuales. Ahora somos más conscientes de que, como decía Ibn Arabi, la imaginación precede a la realidad, de que nuestra identidad es la cosificación, y anquilosamiento, de un nodo sintáctico que siempre tendrá que cargar con la nostalgia de una semántica que lo ampare, de algo que a fin de cuentas no sea virtual sino “realmente real” (sic).